Capítulo Nueve

Estaba mareada, mi cabeza me dolía mucho. Los raptores estaban preparando algo en una mesa metálica al fondo de la habitación, tenían jeringas con sustancias, al parecer, raras y peligrosas… para un licántropo.
-Ya casi…Después seguiremos con la familia –dijo uno de ellos para sí mismo.
-¿Qué les hemos hecho? –musité.
-Ja…Tu miserable hermano acabó con los nuestros, haciéndonos pasar los peores días de la historia – dijo el otro ambiguamente emitiendo con un gruñido –Esto es una venganza, por destruir todo lo que teníamos.
Sin duda, esos hombres cargaban mucho rencor. No dieron más detalles de lo que había pasado, pero, obviamente, el asunto era más grave de lo que parecía. Fuera como fuera, esos tipos eran asesinos de quién sabe cuántas personas, incluyendo a mi hermano.
Con sólo pensarlo, sentí como la piel se me llenaba de sudor con más insistencia; mis ojos cambiaban, brillando en el oscuro sótano, mis uñas empezaron a convertirse en garras y mis cuerdas vocales fueron demostrando todo el odio que sentía en mí en forma de gruñidos y aullidos. La fuerza sobrehumana que se desató en mí logró romper las ataduras.
Los hombres se armaron con dagas. Yo, que ya estaba convertida en animal me les lancé mostrando mis colmillos. La daga me hirió un poco en la pata izquierda, y subió preparándose para clavarse en mi corazón.
La puerta se derrumbó y dos lobos aparecieron tras ella. Uno de pelaje negro y el otro de pelaje castaño.
Antes de que pudiera levantarme y ayudarlos con el ataque, los dos lobos ya estaban encima de los asesinos, aquellos ya no tenían vida. Recordé entonces que no eran licántropos, eran simples humanos…pero les había oído decir que los que si eran hombres-lobos venían en camino…
Cuatro aullidos se escucharon afuera, amenazantes.
Ya habían llegado.
Los dos lobos se miraron, inquietos y confusos. Lanzaron aullidos de ayuda, y salieron al encuentro de los enemigos. Yo, por mi parte, no podía moverme ya que mi pata sangraba mucho, así que no tuve más opción que quedarme allí, impotente.
Afuera, los dos lobos trataban de defenderse, pero gran parte de sus acciones era esquivar a los lobos sobrantes mientras esperaban a la ayuda, su manada. Ellos no tardaron en aparecer, eran seis. Se lanzaron por detrás a los cuatro lobos y después de una prolongada lucha, vencieron. Dos de ella acudieron a mi encuentro para ayudarme a levantar. Y cuatro de ellos se distribuyeron a ayudar a los dos que me habían rescatado que, como yo, estaban heridos.
Cansados y doloridos, nos dirigimos lentamente a la cabaña más cercana en donde nos curaron. Todos nos dormimos aliviados y triunfantes.

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"Vivimos en un laberinto, donde buscamos encontrarnos a nosotros mismos perdiéndonos constantemente"
Sofia